Enfrentando el desaliento

Enfrentando el desaliento

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Me sedujiste, oh Señor y fui seducido Jeremías 20:7-18

¿Ha experimentado alguna vez un desaliento tan grande que lo ha dejado sin fuerzas y sin deseos de seguir avanzando? Si es así, no se sienta mal; ¡bienvenido a esta lucha cotidiana!

Pero también porque usted es un ser humano y somos nosotros los que expresamos ese sentimiento de derrota. Y además, porque usted no es el único que ha pasado por esto.

Hace más de dos mil quinientos años uno de los más grandes profetas bíblicos, capaz de ser comparado con el mismo Señor Jesucristo (Mt. 16:13-28), pasó por un profundo estado de desaliento que llegó hasta maldecir el día en que había nacido. Jeremías era un hombre con un temperamento muy sensible. Se le conoce como el profeta “llorón”, con lo que describiría su naturaleza sometida a todas las cosas que le tocó vivir.

Recordemos que fue en su tiempo cuando Judá fue llevado en cautiverio y él vivió toda esa experiencia, incluyendo el rechazo que hizo su gente a Dios cuando le tocó advertirles del inminente juicio que se acercaba. ¿Por qué pasamos por los tiempos de desaliento? ¿Por qué llegan momentos en la vida donde ya no queremos seguir viviendo? El desaliento se define como la “pérdida del ánimo o de la energía para continuar haciendo algo”.

¿Cuáles son las causas comunes del desaliento? Considere lo que produce un fracaso por una ruptura sentimental o familiar o la que trae la pérdida de un trabajo. Para algunos será el sentirse fuera del grupo, algún maltrato físico o emocional, el no sentirse amado, las drogas y el alcohol, o algo que le amenaza. El desanimo es una de las herramientas que más resultado le ha dado a Satanás.

Y el asunto es que él la usa con tanta efectividad, que muchos gigantes en la fe no escaparon a su ataque, creando en ellos hasta el deseo de morirse. Moisés llegó a pedirle a Dios que le quitara la vida porque no aguantaba la carga de guiar a un pueblo de tan dura cerviz. Lo mismo hizo Elías.

Le dijo a Dios que le quitara la vida frente a la persecución de Jezabel. Jonás también hizo lo mismo cuando vio que Dios no hizo nada por destruir a Nínive. El desaliento tarde o temprano nos hará una visita, como se la hizo a Jeremías. ¿Cómo reaccionaremos a eso? ¿Qué aprendemos de la experiencia del profeta?

I. EN LA EXPERIENCIA DEL PROFETA DESCUBRIMOS CUÁL ES EL ORIGEN DEL DESALIENTO ESPIRITUAL

1. “Me sedujiste… me venciste…” v. 7.

Jeremías pareciera haber conocido a un Dios que siempre se salía con las “suyas”. Ya tenía la experiencia de su llamamiento. No fue suficiente que Dios le dijera que antes que naciera lo había santificado y dado a las naciones, aunque el profeta se resistió al llamado, alegando que no podía hablar porque era un “niño” (1:5-7).

En aquella ocasión escuchó las siguientes palabras: “Y me dijo Jehová: No digas: Soy un niño; porque a todo lo que te envíe irás tú, y dirás todo lo que te mande”. Pero por ser obediente a estas palabras, y ver que no se cumplen, ahora está desanimado. Se siente seducido y vencido por Dios porque sabe que es más fuerte. Hay en esto algo muy interesante. Por lo general la seducción tiene una connotación negativa. Tome en cuenta que esto fue lo que originó la caída de nuestros primeros padres en el huerto del Edén.

Pero el sentir que la seducción de Dios me produce desaliento es algo que solo pueda darse en la vida de un creyente. Y es que no es la primera vez que responsabilizamos a Dios por nuestro estado. Sin embargo, Dios como seductor tiene el sello de ser el mejor amante. Bendita sea la seducción de Dios por el resultado final.

2. La palabra como afrenta v. 8. J
eremías no solo se queja contra Dios por haberlo “engañado” o seducido al asignarle aquella tarea tan abrumadora, sino que lo hace responsable de su estado por la palabra que al principio le dio para que predicara, la cual decía: “Mira que te he puesto en este día sobre naciones y sobre reinos, para arrancar y para destruir, para arruinar y para derribar, para edificar y para plantar” (1:10).

Pero por hacer exactamente esto, ahora descubre que su propia gente, no solo rechaza las palabras que les trae, sino que además murmuran y se burlan contra él. Lo que más le duele es que el mensaje del Señor que debiera causar arrepentimiento y traerles de regreso a Dios, forma parte de su propia desgracia. El desaliento espiritual tiene su origen en el mismo cumplimiento del deber de la palabra. Bien puede ser que al testificar de ella y no ver los resultados, sino burlas y murmuraciones, usted se sienta mal y con deseos de claudicar.

Por otro lado, pudiera ser que esa misma palabra que defiende, enseña y trata de vivirla a través del servicio que presta al Señor, se encuentre con los que murmuran, trayendo al final la ruina de su propio ánimo. ¿Se identifica de esta manera con el profeta?

II. EN LA EXPERIENCIA DEL PROFETA DESCUBRIMOS QUE EL DESALIENTO ES EL PEOR DE LOS CONSEJEROS

1. Olvídate de Dios v. 9ª. Esto es lo primero que aconseja el desaliento. Quizás llegas a un punto en la vida donde te escuchas a ti mismo decir: “Para qué hablas de él si tú mismo no puedes tener victoria.

¡Mira cómo vives, en total derrota!”. El desaliento es parecido a la mujer de Job que cuando lo vio en su total ruina, le dijo: “Maldice a Dios y muérete”. Jeremías llegó a este punto. Después que vio que su ministerio no tenia resultado, sino rechazo, burlas y murmuraciones, sintió que lo mejor era olvidarse de Dios. La primera víctima del desaliento espiritual es Dios mismo. En no pocas ocasiones el creyente desarrolla una especie de rebeldía contra su propio Dios al ver que en su vida no tiene propósito.

Martin Lutero una vez pasó por un terrible desaliento espiritual y su esposa se le apareció vestida de luto, y Lutero le preguntó quién había muerto; a esto su esposa respondió: “Dios en el cielo ha muerto”. Entonces él dijo: “Pero, ¿Cómo puede Dios morir? ¡Él es inmortal!”. La esposa le dijo: “Eso es cierto, él nunca muere. Pero, ¿Por qué estás tan desalentado y abatido?”. Martín Lutero comprendió la lección y se levantó. El desaliento tiene como misión hacer que nos olvidemos de Dios. Que neguemos su presencia.

2. Dejar de servirle v. 9b. El estado emocional de Jeremías lo llevó a tomar dos decisiones: olvidarse de Dios y no hablar más en su nombre. Las dos consideraciones eran graves, muy graves.

El decir que no hablaría más de él era una renuncia a la tarea encomendada. Muchas cosas colmaron la medida de su paciencia y el deseo de servir al Señor. Ahora se dispone recoger todas sus cosas y presentar su carta de renuncia porque está desalentado. Con cuánta frecuencia los creyentes llegan a este punto. Deciden servirle al Señor. Se les asignan sus responsabilidades, pero los invade el desánimo y deciden no trabajar más para el Señora.

No sé si en estos mismos momentos usted ha parado de hablarles a otros porque se burlan de usted. A lo mejor usted ha parado de orar porque siente que Dios no le responde. Es posible que no haya vuelto a leer la Biblia porque no ve a Dios en ella. Es posible que tenga un buen tiempo que ha dejado de diezmar porque lo intentó varias veces, pero que no es rico todavía.

A lo mejor no ha vuelto a la iglesia porque lo hice buscando que me daba ella, pero no encontré nada. Esto es lo que sucedió a Jeremías, y esto es lo que nos pasa hoy al perder el enfoque de quien es nuestro Dios y renunciamos a todas sus bendiciones. ¿Qué pasaría si Dios también se cansara de nosotros?

III. EN LA EXPERIENCIA DEL PROFETA DESCUBRIMOS QUE EL DESALIENTO NOS LLEVA A UNA REACCIÓN IRREVERENTE

1. Los cambios súbitos v. 14-15. La radiografía que tenemos del profeta en este pasaje es elocuente. Comienza con una gran queja contra Dios y luego denuncia a aquellos que se burlan y murmuran contra él. De repente se acuerda de quien es Dios y prorrumpe en reconocimientos y alabanzas. Pero no ha terminado de decir esto cuando le viene otra vez el pensamiento de derrota y frustración hasta llegar a maldecir el día que había nacido.

Pero vea cómo su espíritu está tan sentido, dolido y muy disgustado. Lo primero que se la “agarra” es con el día que nació, llegando a maldecirlo y deseando que ojalá nunca hubiera nacido o visto la luz de ese día.

La otra cosa que hace es maldecir al pobre hombre que dio la noticia de su alumbramiento. ¡Qué culpa tuvo él de eso! Hay en esto algo grave que no solo revela esos cambios súbitos de un temperamento atrapado en sus propias contradicciones, sino que al maldecir al día, a quien primero se ofende es a Dios, pues él es el “autor de la vida”.

Además refleja una profunda ingratitud por Dios, porque si él permitió el nacimiento es porque tuvo también un propósito. El desaliento espiritual es tan cruel que nos muestra cuán necios y antinaturales son los pensamientos y deseos de nuestros corazones cuando nos rendimos a él. ¡Cuídese de él!

2. Los deseos más bajos v. 17-18. Obviamente el profeta tocó fondo. Esto que está diciendo pareciera todo menos de un creyente. Es como si hubiera tenido guardado muchos resentimientos y ahora les da rienda suelta a todos ellos. Ahora su boca no se llena de alabanzas sino de una amargura que parece extraña. En su queja contra Dios ahora le habla de su madre; aquella mujer que le trajo al mundo y quien sin duda celebró con gran gozo su llegada.

En su estado “casi delirante” llegó a estos pensamientos tan bajos. Desear que nuestra madre llegara a ser nuestro propio sepulcro es hablar de una muerte anticipada. De cortar la vida sin saber cuántas cosas Dios tendrá reservada para esa vida. Por momentos Jeremía se olvidó de la predestinación divina (1:6).

No se trata, pues, de no querer seguir viviendo o no querer seguir adelante por nuestro estado de ánimo. No podemos dejar que una situación de este tipo invada nuestro ánimo de manera que lleguemos hasta blasfemar el nombre de Dios por una reacción irreverente. Mis amados, el desánimo espiritual puede llevarnos a decir locuras de las que después tenemos que arrepentirnos. Gracias al Señor que él no siempre responde a nuestros deseos y palabras.

IV. L EN LA EXPERIENCIA DEL PROFETA TAMBIÉN DESCUBRIMOS CUÁL SERÍA EL REMEDIO PARA VENCER EL DESALIENTO

1. Lo que hay en nosotros v. 9b. Cuando el profeta Jeremías no quiso saber más nada de Dios, y menos de hablar de él, descubrió que no podía hacerlo.

En medio de su “ligereza de palabras” se dio cuenta que tenía algo maravilloso: “… no obstante, había en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos; traté de sufrirlo, y no pude”. ¿Y qué es ese fuego sino la palabra misma que nos consume? Es posible que el desaliento espiritual nos consuma hasta decir y hacer cosas indebidas, pero si somos creyentes genuinos como lo era el profeta, la palabra que mora en nuestros corazones nos levantará y no dejará postrarnos así.

Así que el asunto no es que se sienta desanimando, hasta el extremo de reaccionar como si fuera un inconverso, sino que en medio de su condición descubra el “otro fuego” que pueda sacarlo de su actual estado. El desaliento espiritual tendrá que irse del creyente cuando este reconoce quién es él y cuál es fuego que hay en su corazón. Es la palabra que nos consuela por siempre. Usted no tiene por qué dejar que el desaliento lo queme, pero si debe dejar que el fuego de la palabra le consuma.

2. El que está con nosotros v. 11. En su estado quejoso y apesadumbrado, el profeta hizo una revelación que pareciera ser el texto más sobresaliente en medio de su hondo pesimismo. Así se expresó: “Mas Jehová está conmigo como poderoso gigante…” v. 11.

Creemos que esta promesa le sirvió al profeta para sostenerle en medio de lo que fue todo un ministerio rodeado de violencia, conspiración, traición y deportación. Es interesante que la Biblia nos hable del Dios que está con nosotros en innumerables promesas para destacar su cuidado, protección y provisión. Pero el verlo “como poderoso gigante” es una fiel garantía que “nada ni nadie nos arrebatará de su mano”. Si bien es cierto que el desaliento puede convertirse en un gran gigante, difícil de vencer, debemos reconocer en medio de la aflicción que Dios es el autentico gigante que se levanta para vencer aquello que nos ha vencido.

El ver a Dios de esta manera es una garantía de triunfo. De esta manera podemos concluir que “Aunque un ejército acampe contra mí, no temerá mi corazón; aunque contra mí se levante guerra, Yo estaré confiado” (Sal. 27:3). Porque el Señor está conmigo “como poderoso gigante”. ¿Está de esa manera su Dios con usted?

CONCLUSIÓN: Jeremías tuvo razones para sentirse desalentado. En este mismo pasaje (vv. 1-3), el sacerdote Pasur lo agarró a latigazo por profetizar la palabra y luego puesto en el cepo. Cualquier creyente experimentaría lo mismo, sobre todo cuando sabe que su estado de ánimo lo provoca la misma gente a quien le sirve.

¿Está, entonces, cansado de sentirse desalentado? Bueno, el testimonio de Jeremías es que a lo mejor no cambie su situación, pero sí puede experimentar paz y contentamiento. Y eso lo experimento el profeta, pues después escribió: “Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis” (Jer. 29:11).

Convénzase de que las circunstancias no tienen que dictar sus emociones, pues tiene a su lado a quien, suceda lo que suceda, siempre está dispuesto a intervenir para ayudarle, fortalecerle y sostenerle. Ahora diga como el profeta, pero en sentido positivo: “Me sedujiste, y fui seducido; más fuerte fuiste que yo y me venciste”. Así es como se vence el desaliento. ¡Déjese vencer por el Señor! ¡Anímese!

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